Los últimos efectivos migratorios que han venido ocupando el norte de Europa empiezan a llegar al Sur. La vida siempre ha perseguido la abundancia y ante esta regla, simple y clara, no es posible levantar barrera alguna, entre otras muchas cosas porque así ha sido siempre, y pese al empeño que pongamos en romper la lógica, así va a seguir siendo. Cuanto mayor es la diferencia que marcan la abundancia y escasez de recursos entre ecosistemas, mayor será el trasiego de especies entre unos y otros en busca de una oportunidad, y al final, será ese trasiego el elemento dinámico que tienda a reducir las desigualdades. Cualquier metáfora que pretenda desmontar este simple mecanismo, no es mas que eso: una triste metáfora de la incapacidad que parece querer asumir cierta ideología para evitar la realidad, al menos aquella que no comprende.
Durante los últimos días de Octubre, como si se tratase de relojes vivos de precisión, las ciudades y campos del sur se ven invadidos por una marea de Colirrojos Tizones y Aviones Roqueros que son los protagonistas del fin de las migraciones. Unos llegan en tromba, de noche, de forma masiva y sólo avisan de su presencia un amanecer: el del primer día que puedes verlos cazando, peleando y cantando por casi cualquier rincón. Los mismos rincones en los que ayer no había nada. Vienen a aprovechar los espacios que hasta hace unos meses ocupaban las insectívoras veraniegas, de forma que al final, no hay recurso aprovechable que quede sin uso. Cuando unos se van, otros llegan. Como si estuviese programado. Dentro de unos meses, cuando este empezando la primavera, se irán con la misma nocturnidad, simultaneidad y alevosía con la que vinieron. Simpáticos pajaruelos que cada año, con su promesa de vuelta cumplida, nos enseñan una lección tan simple. Los otros, los aviones roqueros, son las únicas golondrinas que pasan el invierno al sur de Europa. Ocupan el hueco que han dejado los aviones comunes, las golondrinas, los vencejos, y vuelan en grupos muy numerosos sobre nuestras cabezas sin que la mayor parte de nosotros podamos percibirlos. A veces pienso que son como una señal de que en estas latitudes, la primavera es un poco eterna….
El sábado y el domingo volvimos a “patear” la cuenca del río, esta vez la zona alta buscando a estos singulares migradores (¿o debería decir inmigrantes?). Recorrimos retazos de un bosque mediterráneo que subsiste entre urbanizaciones atroces que merman los cauces del río y lo desconectan por la imposición del asfalto y del cemento de todos esos paisajes que debieran de darle riqueza, ya que fue el río quien les facilitó ser el bosque maduro que son ahora. La reciprocidad entre lo que cada elemento aporta y recibe es una necesidad que nosotros obviamos cuando “planificamos” el territorio. Así, el efecto de los muros que levantamos se extiende mucho mas allá del limite físico de estos. La devastación que algunas formas de desarrollo impone va mucho mas allá del suelo que machacamos… se extiende como una onda de proporciones descomunales y llega mucho más lejos de lo que somos capaces de abarcar.
Un poco más lejos, ya cerca del nacimiento del río, el cauce va completamente seco. Empieza a caer la tarde y sobre nuestras cabezas sobrevuela una halcón peregrino que se lanza en picado buscando alguna paloma despistada. Al rato, las nubes empiezan a buscar su sitio entre los farallones calizos de la Sierra de Camarolos. Un numerosísimo grupo de Chovas anuncian una tarde que se vuelve sombría y las piernas empiezan a darme una medida de la edad que no me perdona, pero Pablo, naturalista de cinco años, insiste en que hemos ido a buscar el río y hasta él debemos de llegar. Al rato, un par se sapos nos salen al paso. Pablo da un de grito de alegría, coge uno de ellos, y con una enorme sonrisa dibujada en la cara me dice : “ ya hemos llegado al río”…. por un momento pienso en ingenieros, en los expertos, en los comités de sabios y en las metáforas. Y sobre todo en ese viejo cuento del traje del emperador… quizás a veces las cosas son más simples que cualquier segun que sesudo debate… de esos de grano grueso

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