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EL RE-NACIMIENTO DEL GUADALMEDINA

Enero 6, 2008 · Dejar un comentario

Y en cuestión de segundos, tras hora y media de ascensión, se abre en redondo el circo de la sierra de Camarolos; el lugar en donde nace el río Guadalmedina. Su altura se sitúa a 1.150 metros. En medio, un extenso prado alpino llega hasta la base de las cortadas de piedra caliza que suben a pico entre ochenta y cien metros en el frente noroeste. A la derecha, en el sentido de la ascensión, en la ladera de una formación montañosa protegida del sol por su orientación norte, aparece un nuevo bosque de encinas, ahora de menor porte. Éste se enriquece con las tonalidades amarillas y doradas de quejigos y majuelos. Es un bosque de tipo húmedo y se pisa un colchón de hojarasca otoñal, aunque la lluvia hace tiempo que no ha caído. En el interior umbrío -accediendo sólo al borde para no alterar su extraña e íntima tranquilidad-, viendo cómo trepan las hiedras abrazando los troncos de las encinas, vienen de la memoria las imágenes y sensaciones mágicas de bosques de robles gallegos y leoneses. Pero estamos en la provincia de Málaga. Apenas a treinta kilómetros del mar Mediterráneo. Si el día fuese más claro, lo habríamos visto nítidamente hacia el sur: el horizonte recto del borde inferior del cielo interrumpido arbitrariamente por los Montes de Málaga. Mas a diferencia de las impresionantes masas de caliza que nos rodean, el cielo no es estático. Nubes y nubarrones se encuentran en perpetuo movimiento debido a los vientos. En momentos amenazan con empeorar el tiempo. El sol aparece y desaparece. Se decide continuar la excursión: sobre los farallones y cumbres hacia donde nos dirigimos el día se aclara.

Bosque de encinas humbr�o

Bosque de encinas umbrío

 

¿Cómo transmitir el sentimiento que se ha hecho propio, sobre un acontecimiento vivido intensamente, a alguien que no lo ha vivido en su carne? Porque las palabras no pueden presentar un sentimiento. En todo caso podrían representarlo, es decir, producir una traslación y una interpretación de lo vivido, que nunca es lo vivido. El motivo del presente artículo trata de explicar lo difícilmente explicable.

Y no es porque escaseen discursos sobre el río. Se habla desde hace muchos lustros -incluso se podría contar por siglos-, de múltiples cuestiones referidas al “problema” del Guadalmedina. Se habla, además, intentando dilucidar si es un problema técnico, económico, ciudadano o de responsabilidad y decisión de los políticos de turno. Málaga ha sido una ciudad que tradicionalmente ha dado la espalda a sus accidentes geográficos más suyos: a su bahía y el Mediterráneo, a los montes de Gibralfaro y de la Victoria, o como en nuestro caso, llegando a rechazar al río Guadalmedina.

Cuando se planteó dentro del programa lectivo de una asignatura optativa de arquitectura estudiar el Guadalmedina, se intuía el atractivo de muchas de las cosas que nos hemos ido encontrando hasta ahora. Desde luego no pensábamos en la riqueza y fascinación en las que nos íbamos a sumir. Al fin y al cabo, a su paso por la ciudad está en unas condiciones bastante cochambrosas, y es difícil imaginar que río arriba la situación pueda ser otra diferente.

Aconsejados por dos conocedores y defensores a ultranza de la naturaleza y de nuestro río –Paco Puche y Juan Antonio Gómez-, se organizó para los estudiantes una excursión al nacimiento del Guadalmedina, cerca de Colmenar. La empresa no era fácil, pues, aunque la gente con la que íbamos a subir es joven, no suele estar acostumbrada a realizar demasiado ejercicio -sea por estudiar mucho, por falta de hábito, por pereza…-, y era un riesgo asumir que algunos no pudieran tener dificultades en la subida y especialmente a la vuelta (como en alguna otra ocasión ha sucedido). Para evitarlo, se decidió preparar un campo base a mitad de altura. Aproximadamente en la zona en donde se extiende el pasto alpino que recoge las primeras aguas del río. El sitio -un excelente lugar por la amplitud y las vistas-, serviría de campamento para los que decidieran no arriesgarse en ascender hasta los farallones y riscos calizos que coronan la cumbre del circo a 1.443 metros de altura.

Pasto alpino

Pasto alpino

 

Al final del primer tramo del ascenso, y a pesar de que el grupo anduvo junto al cauce atravesando un bosque climácico de encinas orientado al sur (es decir, un bosque ejemplar por biodiversidad en su situación), y la riqueza vegetal y ornitológica era asombrosa (cernícalos en plena caza estáticos en el aire, buitres sobrevolando…), algunas caras de estudiantes empezaban a manifestar el esfuerzo, y es posible que cierto disgusto ante lo inusual de la situación en la que se habían visto implicados –ellos-, unos futuros arquitectos urbanitas.

Bosque encinas sur

 Bosque de encinas sur

Cuando el “mal de montaña” hizo su inevitable aparición, paramos para reponer fuerzas. El primer receso de la subida lo hicimos cerca de dos horas después de iniciada la excursión. Eran las doce y media. Abrimos las mochilas y dimos buena cuenta de las provisiones. Media hora después, hasta el ánimo de las/os más escépticas/os se hubo repuesto en sus cuerpos. Y todas/os decidieron continuar hasta la cumbre (un cuerpo joven es un cuerpo joven). Arriba, el paisaje se hacía más severo. La vegetación se especializa. Es más escasa y habita entre las rocas para defenderse de la nieve en invierno, y de la intensa radiación solar en verano. Su forma se hace redonda para adaptarse a las duras condiciones de la altura. Quedan las últimas manchas de hiedra y durillo. La roca se desnuda y se hace más vertical. El grupo asciende adquiriendo la típica formación de “en fila”. Incluso hay que escalar para llegar a la cima.

Ascensión en fila

Ascensión en fila

 

Una vez en la cumbre, la sensación de haber alcanzado algo importante es imposible de evitar. Satisfacción general. Desde lo más alto, las vistas son fantásticas. Conseguimos divisar el otro lado de la sierra Camarolos: y la sierra del Torcal, la Peña de los Enamorados, la zona de Archidona, gran parte de la provincia de Granada…

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En la cumbre 1440m

 

Durante la primera parte de la excursión los biólogos Carlos Barbero (profesional) y Juan Antonio Gómez (aficionado) hacen constantes referencias sobre lo que se va viendo, observando, oliendo, oyendo, tocando, pisando… Tras varias horas cautivados por el ambiente serrano, los comentarios de los que saben dejan de ser necesarios al atravesar los inquietantes “coros de brujas” de encinas, o el bosquete de quejigos de tonos azules, verdes, amarillos y rojos (como pintados por un pintor enloquecido por el color). No por la pertinencia de las puntualizaciones científicas, sino porque los estudiantes, y los demás, comprendemos por nosotros mismos –y hemos sentido en nuestros cuerpos (no sólo por el cansancio)- la variedad y diversidad de los espacios que atravesamos. Unas siete horas después de la salida se produce el regreso al pie de la sierra. El grupo es más grupo. Desde entonces hay unos cincuenta nuevos especialistas sobre el nacimiento de Guadalmedina. Son estudiantes de Granada. Cerca de quince casi no saben hablar español (son “Erasmus”). Pero entienden perfectamente al río; aunque no lleve agua.

Bosquete de quejigos

Bosquete de quejigos

 

No hace falta ser un experto para saber cómo es un lugar, un territorio, un barrio, una casa, un río… Hay que convertirse en habitante. Sólo así se puede empezar a hablar con propiedad de un lugar. Para los malagueños que subimos desconociendo el lugar, descendimos con un Guadalmedina renacido.

 

 

José María Romero

Arquitecto, profesor Escuela de Arquitectura Universidad de Granada

Categorías: Guadalmedina · Trabajo de campo · autoformación
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Un lugar disputado entre la naturaleza y lo artificial

Noviembre 22, 2007 · Dejar un comentario

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Eso es el Guadalmedina a su paso por la ciudad de Málaga: un lugar disputado entre la naturaleza y la artificialidad, y por lo tanto altamente controvertido e interesante.

Aquí se presenta un fragmento de la tesis doctoral de Eduardo Serrano, donde relata brevemente la genealogía controvertida del Guadalmedina, y cómo por sus características y sus atributos se trata de un espacio rebelde, donde las (que nosotr*s en el curso hemos denominado) actividades emergentes (quizá porque siempre están emergiendo, y nunca llegan a estabilizarse) han sido la constante durante mucho tiempo, al menos desde el S.XIX.


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(…)

El cauce que escinde Málaga en dos partes desiguales, es mucho más que una barrera:

 

  • Guadalmedina, “río de la ciudad”; mejor sería decir río contra la ciudad, porque antes la ciudad se volvió contra el río; una exterioridad salvaje capaz de infringir tremendos daños al mismo centro urbano en sus periódicas riadas.

  • El resto del tiempo era un camino franco y anchuroso que permitía un fácil acceso a la ciudad y un itinerario alternativo para evitar el cruce de los pesados carros por las estrechas calles del centro, desde o hacia el puerto.

  • Socorrido espacio para eventos extraordinarios necesitados de mucha amplitud, como las carreras de caballos de la renovada feria del Corpus de 1857; ahí tuvo lugar parte de las actividades de la feria hasta que la riada de 1894 aconsejó su traslado [ALBUERA 1998: 72].

  • Espacio transicional, paradójicamente denso pues su anchura y situación lo hacen ideal para múltiples actividades muy cerca del centro mismo de la ciudad y de su puerto, destacando las que tienen una orientación económica y utilizado, sobre todo a partir de la llegada del ferrocarril hasta los muelles, por las clases bajas. Su generoso espacio permitía montar improvisados campamentos desde los que llevar las mercancías a los lugares del comercio o vender directamente allí; usado así mismo para realizar tratos de ganado, esquilar borregos, descanso de los bueyes, preparar pieles [ALBUERA 1998: 37; MARTÍNEZ y MONTES 1852: 274]; también lugar de trabajo para las lavanderas profesionales.

  • Vicente Martínez y Montes lo considera una calle más, pero se lamenta de que ahí es donde también van a parar animales muertos, donde se arrojan desperdicios y las gentes hacen sus necesidades, afectando la moral pública [MARTÍNEZ y MONTES 1852: 274]. Debido a la impunidad que proporciona un espacio tan amplio, es receptáculo de todo tipo de desechos, no sólo los propios de la vida doméstica, también los muy abundantes derivados del trasiego de animales y productos agrícolas.

  • Espléndido escenario para reyertas y desafíos; solar de desdichas, de encuentros e intercambios violentos, saldándose también ahí las cuentas pendientes de afrentas y de honores mancillados. Muy adecuado para las pedreas entre bandas rivales de niños que son tan frecuentes que se registran como escandalosa costumbre en los periódicos locales [ALBUERA 1998: 141].

  • Los barrios que a él se asoman no son precisamente los más elegantes de la ciudad, abundando las actividades generadoras de residuos, como los propios de la pesca y del puerto, hoyos para majar esparto, etc. Y también el espanto de los ajusticiamientos en Martiricos, en su parte norte.

Todo eso y su aspecto árido, descuidado, con permanente mal olor cerca del mar (por sus márgenes discurren las alcantarillas principales de la ciudad), hacen del cauce la antifachada de la ciudad, su parte trasera, literalmente su culo.

 

Pero el problema es que no es en absoluto un espacio alejado o periférico. De ahí el interés de recuperarlo como gran avenida norte-sur de la ciudad, operación siempre asociada, desde 1765 en el que Antonio Ramos la propuso, al desvío de las aguas fluviales a través de un canal que llegaría hasta la playa de San Andrés [MORALES FOLGUERA 1986b: 52 y 53]. Asignatura eternamente pendiente de todos los regidores de la ciudad, igual que su reconversión como lugar civilizado.

 

Como en el caso de los intersticios libres de propietario de los que habla Jean Robert, el cauce del río es utilizado para cantidad de elementos escasamente controlados en múltiples actividades; por ejemplo para estancias temporales, siempre en relación con actividades mercantiles: así las chozas para venta de fruta [MARTÍNEZ y MONTES 1852: 274]; pero ya en estos tiempos por todo hay que pedir permiso a la autoridad, lo cual se registra en los archivos municipales de Obras Públicas; por ejemplo, para instalar casetas de madera junto a la desembocadura, autorizadas siempre que no sean obras permanentes [AMM 1387/34, 1891; AMM 1388/91, 1892]; pero en 1894 es denegada una petición similar destinada a dar comidas a los obreros, debido al mencionado riesgo de avenida [AMM 1390/35], lo que es señal de su carácter cambiante y hasta traicionero.

 

Tres años después [AMM 1391/98] se contesta al nuevo solicitante que este permiso es asunto de la Junta de Obras del Puerto y de la autoridad de Marina; el sitio propuesto sería el mismo que el de la antigua herrería (sin duda se refiere a los restos de una fábrica, propiedad de Tomás Trigueros, que fueron objeto de un conflictivo expediente en 1872 [AMM 1278/10] en el que consta la intervención del Gobernador y del ayuntamiento); es decir, no dos, sino tres instituciones concurren con sus respectivas competencias en este espacio: el municipio, las autoridades portuarias y la Marina debido a su carácter altamente estratégico, civil y militar a la vez, y a su multifuncionalidad. A estas tres se añadirá en el siglo siguiente la autoridad específicamente competente en los cauces fluviales, la Confederación Hidrográfica. Curiosamente su carácter de espacio rebelde a toda apropiación provoca intentos de captura por parte de muchos poderes gubernativos, cada uno esgrimiendo títulos específicos de legitimidad para justificarlo.

 

 

Resumiendo, el Guadalmedina se presenta como un espacio franco pero sometido a la ocupación repentina, recurrente y catastrófica de lo que se entiende es su dueño original, que no cede fácilmente su posesión: la Naturaleza. Esta circunstancia obliga a que toda ocupación humana sea provisional y que la comunicación transversal entre las dos partes de la ciudad esté siempre en peligro: en 1907 una riada rebasa y rompe los paredones, arranca el puente de madera entre Puerta Nueva y calle Mármoles, chocando contra el de Santo Domingo, al que arrastra y cegando con los restos de ambos los arcos del puente de Tetuán, lo que provoca una enorme inundación [REINOSO 2002].

 

Este singular espacio propicia que también otro tipo de naturaleza irrumpa y provoque el caos: en 1900 el comandante de ingenieros reclama al ayuntamiento vigilancia para que cesen de liarse con cometas o cuerdas con piedras los cables telegráficos entren los cuarteles de Trinidad y Capuchinos [AMM 1395/185]. Finalmente lugar irremediablemente abierto, agujero en el espacio-tiempo urbano; por eso el preferido de los niños.

 

 

 

 

 

Eduardo Serrano Muñoz. Tesis doctoral “Territorios y Capitalismo“. Capítulo 2.Exteriores. Apartado 2.2.Fronteras. [p. 38-40]




Este artículo está bajo una
licencia de Creative Commons.

 

Fotos: http://www.acmal.org/general.html

Más fotos antíguas del Guadalmedina:

http://www.acmal.org/archivo_imagenes/RioGuadalmedina.pps

 

 

 

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